El infierno artificial: Horacio Quiroga (Audio-relato)

 El infierno artificial es un relato del escritor uruguayo Horacio Quiroga, publicado en la antología de cuentos de 1917: Cuentos de amor, de locura y de muerte.

El infierno artificial examina una cuestión difícil de abordar: la adicción a las drogas. Horacio Quiroga, maestro en el arte de urdir escenas aterradoras, plantea aquí una clase inédita de horror, sobre el cual, presumiblemente, sabía demasiado como para eludir la tentación de pintar sus rasgos más adictivos.


El infierno artificial: Horacio Quiroga 
(Audio-relato) 


Cinco deidades celtas


Afallach - Dios de los infiernos. Afallach era el hijo de Nodens, Dios de la curación. Fue uno de los dioses célticos del inframundo. Glastonbury, como la isla de Avalon, era otro mundo de Afallach casa. Para el pueblo celta, la isla de Avalon fue el lugar donde uno iría cuando cerca de la muerte. Afallach gobernó Avalon donde vivía con su hija Modron y sus nueve hermanas.

Anu - diosa de la fertilidad. Anu era una diosa madre de galés que era conocida por otros nombres, incluyendo Danu (en Irlanda) y Ömer. Ella era la esposa de Belenos (Beli Mawr), el Dios del sol, que era considerado ser el antepasado de todos los dioses, los Tuatha dé Danann. Anu está representado en el cielo de la noche como Llys Dôn, que la mayoría de nosotros conocemos como Casseopia. Anu era la patrona de manantiales y fuentes y en la leyenda artúrica, aparece como Annowre, la hechicera encarcelados Arthur en el bosque peligroso.

Belenos - Dios del sol Belenos (Beli Mawr) era el Dios celta del sol. Como el Dios Romano Apolo, Belenos creía que llevar el sol a través del cielo en un carro tirado por caballos. Belenos representan los poderes curativos del calor del sol. En Beltane, se encendían sus hogueras para dar la bienvenida al verano y fomentar el calor del sol. Varias colinas a lo largo de Inglaterra celta se asocian a esta deidad, y todo se dice que acostarse sobre una línea Ley que enfrenta el sol naciente en Beltane.

Bran Fendigaid - Dios de la regeneración. Fendigaid Bran - también conocido como Bendigeitvran o el bendito - era el hijo del Dios del mar Llyr y el nieto de la Belenos Dios del sol. Nombre del salvado significa Cuervo, y este pájaro era su símbolo. Bran - más de un rey un Dios en mitos galés - es visto como un gigante semi humanizado que residen en Castell Dinas Bran, que más tarde se convirtió en casa de los reyes de Powys.

Gofannon - Dios de la metalistería. Gofannon - también conocido como el divino Smith - era el hijo de la Belenos Dios del sol y la diosa de la fertilidad Anu (Ömer). Las armas que gofannon elaborado fueron cierto y podría infligir heridas fatales a sus objetivos. Falsificó las cuchillas de Lugh y los Tuatha antes de la segunda batalla de Magh Tuiredh. Gofannon también se conoce para colar una cerveza de la inmortalidad, que se desempeñó en una fiesta del inframundo.

El infierno artificial: Horacio Quiroga

El infierno artificial es un relato del escritor uruguayo Horacio Quiroga, publicado en la antología de cuentos de 1917: Cuentos de amor, de locura y de muerte.

El infierno artificial examina una cuestión difícil de abordar: la adicción a las drogas. Horacio Quiroga, maestro en el arte de urdir escenas aterradoras, plantea aquí una clase inédita de horror, sobre el cual, presumiblemente, sabía demasiado como para eludir la tentación de pintar sus rasgos más adictivos.


Horacio Quiroga (1878-1937)

Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbas con paso singularmente rígido. Va desnudo hasta la cintura y lleva un gran sombrero de paja. Su sonrisa, fija, da la sensación de estar pegada con cola a la cara. Si fuera descalzo, se notaría que camina con los pulgares del pie doblados hacia abajo.

No tiene esto nada de extraño, porque el sepulturero abusa del cloroformo. Incidencias del oficio lo han llevado a probar el anestésico, y cuando el cloroformo muerde en un hombre, difícilmente suelta. Nuestro conocido espera la noche para destapar su frasco, y como su sensatez es grande, escoge el cementerio para inviolable teatro de sus borracheras.

El cloroformo dilata el pecho a la primera inspiración; la segunda, inunda la boca de saliva; las extremidades hormiguean, a la tercera; a la cuarta, los labios, a la par de las ideas, se hinchan, y luego pasan cosas singulares. Es así como la fantasía de su paso ha llevado al sepulturero hasta una tumba abierta en que esa tarde ha habido remoción de huesos -inconclusa por falta de tiempo. Un ataúd ha quedado abierto tras la verja, y a su lado, sobre la arena, el esqueleto del hombre que estuvo encerrado en él.

...¿Ha oído algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo, entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, se arrodilla y junta sus ojos a las órbitas de la calavera.

Allí, en el fondo, un poco más arriba de la base del cráneo, sostenido como en un pretil en una rugosidad del occipital, está acurrucado un hombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tiene la boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la mirada enloquecida de ansia.

Es todo cuanto queda de un cocainómano.

-¡Cocaína! ¡Por favor, un poco de cocaína!

El sepulturero, sereno, sabe bien que él mismo llegaría a disolver con la saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformo prohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante. Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiquín del cementerio le ha proporcionado. ¿Pero cómo, al hombrecillo diminuto?...

-¡Por las fisuras craneanas!... ¡Pronto!

¡Cierto! ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Y el sepulturero, de rodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de la jeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas. Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura a que el hombrecillo se adhiere desesperadamente. Después de ocho años de abstinencia, ¿qué molécula de cocaína no enciende un delirio de fuerza, juventud, belleza? El sepulturero fijó sus ojos a la órbita de la calavera, y no reconoció al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, no había el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, se entremordían con perezosa voluptuosidad que no tendría explicación viril, si los hipnóticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos, sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasión que el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa.

-Y eso, así... ¿la cocaína? -murmuró.

La voz de adentro sonó con inefable encanto.

-¡Ah! ¡Preciso es saber lo que son ocho años de agonía! ¡Ocho años, desesperado, helado, prendido a la eternidad por la sola esperanza de una gota!... Sí, es por la cocaína... ¿Y usted? Yo conozco ese olor... ¿cloroformo?
-Sí -repuso el sepulturero avergonzado de la mezquindad de su paraíso artificial. Y agregó en voz baja:- El cloroformo también... Me mataría antes que dejarlo.

La voz sonó un poco burlona.

-¡Matarse! Y concluiría seguramente; sería lo que cualquiera de esos vecinos míos... Se pudriría en tres horas, usted y sus deseos.
-Es cierto; -pensó el sepulturero- acabarían conmigo.

Pero el otro no se había rendido. Ardía aún después de ocho años aquella pasión que había resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasaba la muerte capital del organismo que la creó, la sostuvo, y no fue capaz de aniquilarla consigo; que sobrevivía monstruosamente de sí misma, transmutando el ansia causal en supremo goce final, manteniéndose ante la eternidad en una rugosidad del viejo cráneo.

La voz cálida y arrastrada de voluptuosidad sonaba aún burlona.

-Usted se mataría... ¡Linda cosa! Yo también me maté... ¡Ah, le interesa! ¿verdad? Pero somos de distinta pasta... Sin embargo, traiga su cloroformo, respire un poco más y óigame. Apreciará entonces lo que va de su droga a la cocaína. Vaya.

El sepulturero volvió, y echándose de pecho en el suelo, apoyado en los codos y el frasco bajo las narices, esperó.

-¡Su cloro! No es mucho, que digamos. Y aún morfina... ¿Usted conoce el amor por los perfumes? ¿No? ¿Y el Jicky de Guerlain? Oiga, entonces. A los treinta años me casé, y tuve tres hijos. Con fortuna, una mujer adorable y tres criaturas sanas, era perfectamente feliz. Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted ha visto. Usted no... en fin... ha visto que las salas lujosamente puestas parecen más solitarias e inútiles. Sobre todo solitarias. Todo nuestro palacio vivía así en silencio su estéril y fúnebre lujo.

Un día, en menos de diez y ocho horas, nuestro hijo mayor nos dejó por seguir tras la difteria. A la tarde siguiente el segundo se fue con su hermano, y mi mujer se echó desesperada sobre lo único que nos quedaba: nuestra hija de cuatro meses. ¿Qué nos importaba la difteria, el contagio y todo lo demás? A pesar de la orden del médico, la madre dio de mamar a la criatura, y al rato la pequeña se retorcía convulsa, para morir ocho horas después, envenenada por la leche de la madre.

Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco más de dos días, nuestra casa quedó perfectamente silenciosa, pues no había nada que hacer. Mi mujer estaba en su cuarto, y yo me paseaba al lado. Fuera de eso nada, ni un ruido. Y dos días antes teníamos tres hijos...

Bueno. Mi mujer pasó cuatro días arañando la sábana, con un ataque cerebral, y yo acudí a la morfina.

-Deje eso -me dijo el médico- no es para usted.
-¿Qué, entonces? -le respondí. Y señalé el fúnebre lujo de mi casa que continuaba encendiendo lentamente catástrofes, como rubíes.

El hombre se compadeció.

-Prueba sulfonal, cualquier cosa... Pero sus nervios no darán.

Sulfonal, brional, estramonio...¡bah! ¡Ah, la cocaína! Cuánto de infinito va de la dicha desparramada en cenizas al pie de cada cama vacía, al radiante rescate de esa misma felicidad quemada, cabe en una sola gota de cocaína! Asombro de haber sufrido un dolor inmenso, momentos antes; súbita y llana confianza en la vida, ahora; instantáneo rebrote de ilusiones que acercan el porvenir a diez centímetros del alma abierta, todo esto se precipita en las venas por entre la aguja de platino. ¡Y su cloroformo!... Mi mujer murió. Durante dos años gasté en cocaína muchísimo más de lo que usted puede imaginarse. ¿Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos de morfina acaban fatalmente con un individuo robusto. Quincey llegó a tomar durante quince años dos gramos por día; vale decir, cuarenta veces más que la dosis mortal.

Pero eso se paga. En mí, la verdad de las cosas lúgubres, contenida, emborrachada día tras día, comenzó a vengarse, y ya no tuve más nervios retorcidos que echar por delante a las horribles alucinaciones que me asediaban. Hice entonces esfuerzos inauditos para arrojar fuera el demonio, sin resultado. Por tres veces resistí un mes a la cocaína, un mes entero. Y caía otra vez. Y usted no sabe, pero sabrá un día, qué sufrimiento, qué angustia, qué sudor de agonía se siente cuando se pretende suprimir un solo día la droga! Al fin, envenenado hasta lo más íntimo de mi ser, preñado de torturas y fantasmas, convertido en un tembloroso despojo humano; sin sangre, sin vida-miseria a que la cocaína prestaba diez veces por día radiante disfraz, para hundirme en seguida en un estupor cada vez más hondo, al fin un resto de dignidad me lanzó a un sanatorio, me entregué atado de pies y manos para la curación.

Allí, bajo el imperio de una voluntad ajena, vigilado constantemente para que no pudiera procurarme el veneno, llegaría forzosamente a descocainizarme.

¿Sabe usted lo que pasó? Que yo, conjuntamente con el heroísmo para entregarme a la tortura, llevaba bien escondido en el bolsillo un frasquito con cocaína... Ahora calcule usted lo que es pasión.

Durante un año entero, después de ese fracaso, proseguí inyectándome. Un largo viaje emprendido diome no sé qué misteriosas fuerzas de reacción, y me enamoré entonces.

La voz calló. El sepulturero, que escuchaba con la babeante sonrisa fija siempre en su cara, acercó su ojo y creyó notar un velo ligeramente opaco y vidrioso en los de su interlocutor. El cutis, a su vez, se resquebrajaba visiblemente.

-Sí -prosiguió la voz- es el principio... Concluiré de una vez. A usted, un colega, le debo toda esta historia.

Los padres hicieron cuanto es posible para resistir: ¡un morfinómano, o cosa así! Para la fatalidad mía, de ella, de todos, había puesto en mi camino a una supernerviosa. ¡Oh, admirablemente bella! No tenía sino diez y ocho años. El lujo era para ella lo que el cristal tallado para una esencia: su envase natural. La primera vez que, habiéndome yo olvidado de darme una nueva inyección antes de entrar, me vio decaer bruscamente en su presencia, idiotizarme, arrugarme, fijó en mí sus ojos inmensamente grandes, bellos y espantados. ¡Curiosamente espantados! Me vio, pálida y sin moverse, darme la inyección. No cesó un instante en el resto de la noche de mirarme. Y tras aquellos ojos dilatados que me habían visto así, yo veía a mi vez la tara neurótica, al tío internado, y a su hermano menor epiléptico...

Al día siguiente la hallé respirando Jicky, su perfume favorito; había leído en veinticuatro horas cuanto es posible sobre hipnóticos.

Ahora bien: basta que dos personas sorban los deleites de la vida de un modo anormal, para que se comprendan tanto más íntimamente, cuanto más extraña es la obtención del goce. Se unirán en seguida, excluyendo toda otra pasión, para aislarse en la dicha alucinada de un paraíso artificial.

En veinte días, aquel encanto de cuerpo, belleza, juventud y elegancia, quedó suspenso del aliento embriagador de los perfumes. Comenzó a vivir, como yo con la cocaína, en el cielo delirante de su Jicky.

Al fin nos pareció peligroso el mutuo sonambulismo en su casa, por fugaz que fuera, y decidimos crear nuestro paraíso. Ninguno mejor que mi propia casa, de la que nada había tocado, y a la que no había vuelto más. Se llevaron anchos y bajos divanes a la sala; y allí, en el mismo silencio y la misma suntuosidad fúnebre que había incubado la muerte de mis hijos; en la profunda quietud de la sala, con lámpara encendida a la una de la tarde; bajo la atmósfera pesada de perfumes, vivimos horas y horas nuestro fraternal y taciturno idilio, yo tendido inmóvil con los ojos abiertos, pálido como la muerte; ella echada sobre el diván, manteniendo bajo las narices, con su mano helada, el frasco de Jicky.

Porque no había en nosotros el menor rastro de deseo -¡y cuán hermosa estaba con sus profundas ojeras, su peinado descompuesto, y, el ardiente lujo de su falda inmaculada! Durante tres meses consecutivos raras veces faltó, sin llegar yo jamás a explicarme qué combinaciones de visitas, casamientos y garden party debió hacer para no ser sospechada. En aquellas raras ocasiones llegaba al día siguiente ansiosa, entraba sin mirarme, tiraba su sombrero con un ademán brusco, para tenderse en seguida, la cabeza echada atrás y los ojos entornados, al sonambulismo de su Jicky.

Abrevio: una tarde, y por una de esas reacciones inexplicables con que los organismos envenenados lanzan en explosión sus reservas de defensa -los morfinómanos las conocen bien!- sentí todo el profundo goce que había, no en mi cocaína, sino en aquel cuerpo de diez y ocho años, admirablemente hecho para ser deseado. Esa tarde, como nunca, su belleza surgía pálida y sensual, de la suntuosa quietud de la sala iluminada. Tan brusca fue la sacudida, que me hallé sentado en el diván, mirándola. ¡Diez y ocho años... y con esa hermosura!

Ella me vio llegar sin hacer un movimiento, y al inclinarme me miró con fría extrañeza.

-Sí... -murmuré.
-No, no... -repuso ella con la voz blanca, esquivando la boca en pesados movimiento de su cabellera.

Al fin, al fin echó la cabeza atrás y cedió cerrando los ojos.

¡Ah! ¡Para qué haber resucitado un instante, si mi potencia viril, si mi orgullo de varón no revivía más! ¡Estaba muerto para siempre, ahogado, disuelto en el mar de cocaína! Caí a su lado, sentado en el suelo, y hundí la cabeza entre sus faldas, permaneciendo así una hora entera en hondo silencio, mientras ella, muy pálida, se mantenía también inmóvil, los ojos abiertos fijos en el techo.

Pero ese fustazo de reacción que había encendido un efímero relámpago de ruina sensorial, traía también a flor de conciencia cuanto de honor masculino y vergüenza viril agonizaba en mí. El fracaso de un día en el sanatorio, y el diario ante mi propia dignidad, no eran nada en comparación del de ese momento, ¿comprende usted? ¡Para qué vivir, si el infierno artificial en que me había precipitado y del que no podía salir, era incapaz de absorberme del todo! ¡Y me había soltado un instante, para hundirme en ese final!

Me levanté y fui adentro, a las piezas bien conocidas, donde aún estaba mi revólver. Cuando volví, ella tenía los párpados cerrados.

-Matémonos -le dije.

Entreabrió los ojos, y durante un minuto no apartó la mirada de mí. Su frente límpida volvió a tener el mismo movimiento de cansado éxtasis:

-Matémonos -murmuró.

Recorrió en seguida con la vista el fúnebre lujo de la sala, en que la lámpara ardía con alta luz, y contrajo ligeramente el ceño.

-Aquí no -agregó.

Salimos juntos, pesados aún de alucinación, y atravesamos la casa resonante, pieza tras pieza. Al fin ella se apoyó contra una puerta y cerró los ojos. Cayó a lo largo de la pared. Volví el arma contra mí mismo, y me maté a mi vez. Entonces, cuando a la explosión mi mandíbula se descolgó bruscamente, y sentí un inmenso hormigueo en la cabeza; cuando el corazón tuvo dos o tres sobresaltos, y se detuvo paralizado; cuando en mi cerebro y en mis nervios y en mi sangre no hubo la más remota probabilidad de que la vida volviera a ellos, sentí que mi deuda con la cocaína estaba cumplida. ¡Me había matado, pero yo la había muerto a mi vez!

¡Y me equivoqué! Porque un instante después pude ver, entrando vacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerpos muertos, que volvían obstinados...

La voz se quebró de golpe.

-¡Cocaína, por favor! ¡Un poco de cocaína!

Los ritos eucarísticos (Art. Telema)

La palabra eucaristía (eucharist) originalmente proviene de la palabra griega para acción de gracias. Sin embargo, dentro de la Magia, adquiere un significado especial: la transmutación de las cosas ordinarias (generalmente comida y bebida) en los sacramentos divinos, que luego se consumen. El objeto es infundir el alimento y la bebida con ciertas propiedades, habitualmente encarnadas por varias deidades, de modo que el adepto asume esas propiedades tras el consumo. Crowley describe el proceso de la práctica regular del ritual eucarístico:

"El mago se llena de Dios, se alimenta de Dios, se embriagado de Dios. Poco a poco su cuerpo será purificado por la lustración interna de Dios; Día a día su cuerpo mortal, derramando sus elementos terrenales, se convertirá en verdad en el Templo del Espíritu Santo. Día tras día la materia es reemplazada por el Espíritu, lo humano por lo divino; Finalmente el cambio será completo; Dios manifestado en carne será su nombre."


Art Goetia - Lesser Key Of Solomon
Hay varios rituales eucarísticos dentro del canon mágico. Dos de los más conocidos son la Misa del Fénix y la Misa Gnóstica. El primero es un ritual diseñado para el individuo, que consiste en sacrificar un "pastel de luz" (un tipo de pan que sirve de anfitrión) a Ra (es decir, el Sol) e infundir un segundo pastel con la propia sangre del adepto O simbólico, en un gesto que refleja el mito del Pelícano cortando su propio pecho para alimentar a sus crías) y luego consumiéndolo con las palabras: "No hay gracia: no hay culpa: ésta es la Ley: ¡Haz lo que quieras!" El otro ritual, La Misa Gnóstica, es un ritual público muy popular (aunque se puede practicar en privado) que involucra a un equipo de participantes, incluyendo un Sacerdote y Sacerdotisa. Este ritual es una promulgación del viaje místico que culmina con el matrimonio místico y el consumo de un pastel de luz y una copa de vino (un proceso llamado "comunicación"). Después, cada Comunicador declara: "¡No hay parte de mí que no sea de los dioses!."

La iglesia de todos los mundos

La Iglesia de Todos los Mundos (Church of All Worlds) es un grupo religioso Neopagano estadounidense cuya misión es desarrollar una red de información, mitología y experiencia que provea un contexto y estímulo para despertar a Gaia y reunir a sus hijos a través de una comunidad tribal dedicada a la administración responsable. Tiene sede en Cotati, California.
 
El fundador clave de CAW es Oberon Zell-Ravenheart , que sirve a la Iglesia como "Primate", más tarde junto con su esposa, Morning Glory Zell-Ravenheart, designada suma sacerdotisa. CAW se formó en 1962, evolucionando a partir de un grupo de amigos y amantes que fueron inspirados en parte por una religión ficticia del mismo nombre en la novela de la ciencia ficción Extraño en una tierra desconocida (Stranger in a Strange Land) escrita por el escritor estadounidense Roberto A. Heinlein que cuenta la historia de Valentine Michael Smith, un humano que llega a la Tierra en la edad adulta temprana después de haber nacido en el planeta Marte y criado por los marcianos. La novela explora su interacción con - y la eventual transformación de - la cultura terrestre. Además el titulo de la novela hace alusión a la frase biblica del libro de Éxodo 2:22 "y ella tuvo un hijo al que Moisés llamó Guersón, porque dijo: «Soy un extranjero en tierra extraña.»". ; La mitología de la iglesia incluye la ciencia ficción hasta nuestros días.
 
Los miembros del CAW, llamados Waterkin , abrazan el paganismo , pero la Iglesia no es una religión basada en creencias. Los miembros experimentan la Divinidad y honran estas experiencias al tiempo que respetan las opiniones de los demás. Ellos reconocen a Gaea, la Diosa Madre Tierra y el Dios Padre , así como el reino de las Hadas y las deidades de muchos otros panteones. Muchas de sus celebraciones rituales están centradas en los dioses y diosas de la antigua Grecia .

 Pagina Oficial: https://www.caw.org/